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Terra
La Coctelera

Categoría: realidad inverosímil

El abuelo

Bárbara está sentada frente a su padre en la salita del asilo. Viene a verlo un rato todas las tardes después del trabajo, aunque sin ganas, porque sabe que siempre aparece algún que otro familiar. "Habrá que estar aquí por si viene la gente, que no digan que la hija le tiene desatendido" , piensa ella. De paso, aprovecha y se pone de punta en blanco para que la familia se admire de su bienestar.

Sien embargo, hoy está solita con el padre, que se ha quedado dormido en una soleada butaca junto a la ventana. Los sedantes que toma pronto no serán suficientes y necesitará morfina. Su enfermedad ha traspasado ya el punto de no retorno.

"Me he dado el paseo en balde. ¡Este hombre ni siquiera se da cuenta de que he venido! Yo me iría, desde luego, con lo cansada que estoy, pero la Dolores dijo que a lo mejor venía hoy con la hija". Bárbara se aburría muchísimo allí sin hacer nada, con el padre enfermo, quien no disfrutaba del placer de su presencia, puesto que dormía plácidamente. A ella le irritaba que él se hubiera quedado traspuesto precisamente mientras ella estaba de visita.

"Menos mal que le hemos convencido para que se venga a la residencia. Yo esto en casa, ni hablar, no lo podría soportar, ¡este olor! Claro que tuvimos que decirle que esto es un hospital donde van a curarlo porque si no... 'Yo a un asilo, con los pies por delante', decía el muy tozudo, 'si me lleváis me ahorco'. Y la tonta de mi cuñada que sí, que ella estaba dispuesta a cuidarlo en su casa como siempre habían hecho, el mes que le tocara. ¡Será hipócrita! Decía que lo haría por él, para respetar su última voluntad, que con ayuda de una enfermera se podía. ¡Como si a esa le importara mi padre lo más mínimo! A esa lo único que le importa es dejarme en evidencia, que la gente crea que soy yo la mala de la película. Menos mal que al final tragaron y lo trajimos aquí. ¡Lo que habría costado el sueldo de una enfermera! Esto al menos está subvencionado por la Comunidad y aun así ¡madre mía!, como no se muera pronto se come toda la herencia".

Crema Emla

Hace algún tiempo me decidí a hacerme la depilación definitiva. Fotodepilación mediante láser Alejandrita. Por exigencias del presupuesto limité las zonas a tratar a ingles y axilas. Para los no iniciados explicaré que hay que acudir a las sesiones cada 2 ó 3 meses y, después de un tiempo, el pelo deja de salir para siempre o al menos durante varios años. (Esto varía según la persona, como casi todas las cosas). Yo estoy muy satisfecha, aunque la última vez que fui me estresé un pelín.
Tenía cita a las 18 h. Tardo una hora en llegar a la clínica desde mi casa, por lo que debo aplicarme la crema justo antes de salir, pues este es el tiempo que la anestesia tarda en hacer efecto. Son las 16:45, voy al armario de las medicinas y ¡mierda! sólo quedan 3 gr. en el tubo. Olvidé reponerla.
Hay una farmacia enfrente de casa pero está cerrada a esas horas, así que suplico a mi marido que por suerte está por allí para que me acerque en coche en busca de una farmacia de guardia. No pienso dejar que me electrocuten sin anestesia. Montamos al niño semidesnudo en el coche, salimos del garaje a toda prisa y justo frente a nosotros vemos la farmacia ¡abierta! Han cambiado el horario, resulta que ahora no cierran al mediodía. Me pongo muy contenta, entro y la farmacéutica me pide la receta médica, que yo con las prisas no he cogido.
[...]
Superados los escollos, Electroalex alucinado por el extraño viaje alrededor del garaje, me pongo la crema, siguiendo las instrucciones. Después de aplicarla hay que tapar la piel con film transparente pero ¡cago en...! terminé el rollo el día anterior. No tengo ni un centímetro. Ahora sí que estoy desesperada y el reloj corriendo. Encuentro unos plásticos para hacer hielos y ya está. Me envuelvo con ellos.
Eficaz sí que fue pero desde luego no se lo recomiendo a las tímidas. Parecía Robocop subiendo a metros y autobuses, andando por la calle, crujiendo por todas partes. El sonido que hacía al moverme era algo así como ir pisando montones de hojas secas.

Llaves Helen

"Tengo que hablar contigo". Severo se levanta de un brinco y entra en el despacho de su jefe. "¿No te pedí en la última reunión que visaras los partes de trabajo? " Severo no dejaba traslucir sus verdaderos sentimientos así que adoptó un aire digno y sorprendido y contestó: "¡Pero si eso ya lo hago!". En cambio, por dentro, se llenaba de ira y desprecio. Él discurría así: "me paso todo el día mirando cómo trabaja la gente, vigilando que están todos en sus puestos a su hora, visionando, como dicen ellos, para que ahora me vengan con esto..." El jefe respiró hondo. "Pero mira, tengo los partes en la mano. No están visados. ¿Dónde está tu firma?" "¡Ah! Si quieres que firme los partes, pues los firmo. Sólo tenías que decirlo".

Severo estaba seguro de que en la oficina había una conspiración contra él. Desde que habían contratado a licenciados todo iba de mal en peor. Alguien le espiaba los cajones de su mesa, por lo que había determinado no guardar sus papeles para que no pudieran controlar lo que hacía.
Ayer un comercial de la empresa le dijo que los de Séptima Avenida andaban muy enfadados, que habían enviado un fax a Severo hacía un mes y nadie aparecía por allí. Que por lo visto tenían una avería muy gorda. Severo le contestó. "¿A mí? A mí no me han avisado. Chico, primera noticia. Ahora mismo voy para allá". Mientras refunfuñaba en su interior "Siempre tengo que estar yo resolviéndolo todo. ¡Para que luego no lo tengan en cuenta!".
Severo, abrumado por tanto trabajo, no se acordaba de los faxes que le había mandado Séptima Avenida. Estaban los tres en algún lugar de su mesa, enterrados en una fenomenal madeja de papeles, revueltos junto a cartas sin abrir, partes sin visar y correos electrónicos impresos por la secretaria.
Él era encargado de obra y llevaba trabajando 17 años en Centuria, una instaladora de fontanería. Empezó de fontanero de obra cuando había cuatro gatos en la empresa. Aquéllos sí que eran buenos tiempos. Ahora había 36 personas tan sólo en las oficinas, más todo el personal de obra y los autónomos. Había nuevas normas para todo que no hacían más que entorpecer su trabajo.
Tenía que pasar los pedidos por escrito cuando siempre los había hecho de palabra. Éste fue su primer pedido de su puño y letra:

La maldición del amante despechado

(Esto va a ser horrible y pasteloso, me gusta avisaros. Prometo no hacerlo más).

Llamó al timbre de su casa y esperó, tragando saliva. Había ido a aquella casa para librarse del anillo, que apretaba con fuerza en su puño cerrado. Ya no lo quería. Creía ingenuamente que ese objeto era el origen de sus males y pensaba que si lo devolvía, su dueño le levantaría el maleficio. Tenía que devolvérselo a pesar de que él había insistido en que se lo quedara hacía años, cuando se vieron por última vez.

Aquel día él la llevaba al aeropuerto, sonaba "Hung on to your love" en la radio de su BMW y llovía fuera. Dentro llovía también, lágrimas amargas y preguntas sin respuesta. Él preguntaba por qué con el corazón herido. Ella callaba y miraba atónita rodar las lágrimas por sus mejillas. Los hombres son fuertes, los hombres no hacen esas cosas, pero esos ojos azules lloraban y todo lo que ella creía saber temblaba, se caía y se amontonaba. Tú llora que mi mundo se derrumba por dentro, mira cómo se desmorona. ¿Por qué no podía ella pasar la vida como de puntillas, sin hacer sufrir?

Se oía la voz triste de Sade, se oían las gotas contra el cristal y se oía su voz como una maldición. Tú también sufrirás, también tú te enamorarás de quien no pueda amarte. Jamás olvidaría esas palabras. Sonaba esa canción sobre amantes que no deberían separarse. Él predijo un futuro cruel de desamor para ella. Lo que ahora siembras pronto lo recogerás y tendrás una cosecha de hiel que te durará siempre.

Llamó de nuevo a la puerta pero nadie acudía a abrir. El anillo ardía en su mano. Abrió el puño y lo miró una vez más. Era un anillo de oro muy elegante, con un brillante engastado. Tan delicado y bonito que no podía tirarlo al cubo de la basura, imposible de regalar porque habría que contestar demasiadas preguntas. Se dio cuenta de que nunca se desprendería de él, ni en siete años ni en cien. Librarse del anillo y borrar el pasado eran dos cosas que nunca podría hacer. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió su camino sin mirar atrás.

Las manchas

Queridos lectores imaginarios, os vais a morir de asco esta vez. Entro en un vagón de metro, línea 3 dirección Villaverde Alto. Rastreo por asientos libres, hay dos, uno enfrente del otro, uno manchado y otro no. Escojo el que parece limpio.
Siguiente parada: una señora hace ademán de sentarse y en el último momento se detiene, sobresaltada, da un respingo y sale de mi campo de visión. Aparece un viejo interesado en el asiento (es como la farsa monea, que ninguno se la quea). El hombre, de pie, un poco agachado frente al asiento, se fija en las manchas y las toca con un movimiento rápido, como si quemaran. Después, satisfecho, vuelve a tocarlas, las frota, se asegura de que están secas y finalmente se sienta.
Aparto la vista de la escena porque me da un montón de asco, noto que toda la gente a mi alrededor hace lo mismo. Al rato me puede la curiosidad y le miro un momentito. Con gesto aburrido y despreocupado, el hombre se está pasando la mano por toda la cara, ojos, nariz y boca.
Quiero borrar de mi mente al viejo sin escrúpulos, fijo la vista en el libro abierto en mi regazo, me concentro en olvidar. A lo mejor son manchas de un helado de chocolate… pero no, pude distinguir claramente que era sangre menstrual, se veían las marcas como alas de mariposa de sangre que ha empapado la ropa y la ha traspasado. Le puede pasar a cualquiera, tú estás sentada en el metro, de pronto te baja la regla como un río y ¿qué haces
Entonces pienso que quizá pueda escribir un cuento escatológico en el blog acerca de un asiento manchado y que para eso necesito material, así que me fuerzo a mirar un poco más al dichoso viejo para describirlo. No es muy alto, de complexión delgada, tiene la cara un poco arrugada, acaba de llegar de la playa donde se ha quemado seguro. La expresión le ha cambiado y ahora está vacilante, ¿se está arrepintiendo de lo que ha hecho? Ya no puedo seguir mirando, siento demasiada repugnancia. Lleva pantalones claros.