Bárbara está sentada frente a su padre en la salita del asilo. Viene a verlo un rato todas las tardes después del trabajo, aunque sin ganas, porque sabe que siempre aparece algún que otro familiar. "Habrá que estar aquí por si viene la gente, que no digan que la hija le tiene desatendido" , piensa ella. De paso, aprovecha y se pone de punta en blanco para que la familia se admire de su bienestar.

Sien embargo, hoy está solita con el padre, que se ha quedado dormido en una soleada butaca junto a la ventana. Los sedantes que toma pronto no serán suficientes y necesitará morfina. Su enfermedad ha traspasado ya el punto de no retorno.

"Me he dado el paseo en balde. ¡Este hombre ni siquiera se da cuenta de que he venido! Yo me iría, desde luego, con lo cansada que estoy, pero la Dolores dijo que a lo mejor venía hoy con la hija". Bárbara se aburría muchísimo allí sin hacer nada, con el padre enfermo, quien no disfrutaba del placer de su presencia, puesto que dormía plácidamente. A ella le irritaba que él se hubiera quedado traspuesto precisamente mientras ella estaba de visita.

"Menos mal que le hemos convencido para que se venga a la residencia. Yo esto en casa, ni hablar, no lo podría soportar, ¡este olor! Claro que tuvimos que decirle que esto es un hospital donde van a curarlo porque si no... 'Yo a un asilo, con los pies por delante', decía el muy tozudo, 'si me lleváis me ahorco'. Y la tonta de mi cuñada que sí, que ella estaba dispuesta a cuidarlo en su casa como siempre habían hecho, el mes que le tocara. ¡Será hipócrita! Decía que lo haría por él, para respetar su última voluntad, que con ayuda de una enfermera se podía. ¡Como si a esa le importara mi padre lo más mínimo! A esa lo único que le importa es dejarme en evidencia, que la gente crea que soy yo la mala de la película. Menos mal que al final tragaron y lo trajimos aquí. ¡Lo que habría costado el sueldo de una enfermera! Esto al menos está subvencionado por la Comunidad y aun así ¡madre mía!, como no se muera pronto se come toda la herencia".